maleta del exiliado

una carta ajada de presentación
dos discos de recuerdos
una bufanda fea y poblada
una brisa de pañuelos
asombros infinitos por inaugurar
una montaña de miedos
tardes con lluvia y ventana al azar
domingos sin sueño
un teléfono que no para de callar
unos ojos abiertos
que te miran desde la estación
unos pocos euros
fechas, memorias, noticias,
a las que ya no pertenezco
y en el fondo de los años
esperando
un pasaje de regreso

chofer, la puerta

Ahora, con el alcohol, las drogas y las luces de colores, todo me parece normal, pero hubo un tiempo en el que no fue así. Y transcurrió hace apenas un par de horas. Otra época, completamente distinta. En realidad, yo no debería estar acá, mirando cómo mi pie izquierdo salta al ritmo de Mil horas, nada menos que Los abuelos de la nada, tantos años después de mi adolescencia perdida, de nuevo. Y lo cierto es que mi cabeza apenas puede controlarlo: el pie se mueve al ritmo del rock de mi época y el cuerpo pide marcha, pero tengo que hacer un esfuerzo de mantener esta última resistencia de la cordura. No debería estar acá en Wilde, sino en Almagro, en casa de Matilde, que debe de estar preocupada a estas alturas, pero no puedo llamarla desde este ambiente de jolgorio, va a pensar cualquier cosa, ni tampoco salir a llamarla, si los enganchados de los ochenta me inmovilizan inquieto al salon: Virus, Soda; ¿cuánto hace que no los escucho? Me tienen atado, no puedo dejar de escucharlos. Y Carlos está feliz, me ofrece canapés y bebida a cada rato. Una prueba fehaciente de que la primera impresión no siempre es la que queda. Si lo hubieran visto dos horas atrás, tan circunspecto, tan decidido. Tan temible, también, por qué ocultarlo, porque el miedo fue no solo mi reacción, también fue la de los otros. Especialmente la de Celina, una maestra que iba en el segundo asiento de la derecha, ventanilla. Fue su alarma lo que nos puso en guardia. Apenas el colectivo pasó Díaz Vélez hizo sonar un timbrazo largo y enojado, probablemente cansada de la jornada y con los pies deseando sumergirse en agua tibia, con solo un poco de sal. Enseguida vino otro, y el grito de reclamo.

– ¡Chofer, la puerta! 

La primera de las solidaridades no fue la mía, y demoró algunos segundos en aparecer. Al cabo de un minuto y tres cuadras, la queja era generalizada. Todos increpábamos al chofer, que conducía indiferente al motín que se formaba en su colectivo . Ya decididamente fuera de la ruta del 124, Carlos -todavía no era Carlos para nosotros- tomó por la agenda Belgrano, el camino era decididamente hacia el sur.

A la altura de Entre Ríos el conato de Botín recrudeció. Las palabras fueron amenaza, pero nadie sobrepasaba el límite del primer asiento, que cómo un Rubicón sin puentes marcaba la frontera entre la extrañeza y la realidad. Entre el discurso y la violencia, sea quien fuera el que estuviera dispuesto a ejercerla. Entre lo posible y lo irremediable.

– ¿Va a parar este colectivo no este chabón nos lleva a su casa?

Hubo un par de risas, todavía.

Al cruzar el Riachuelo, todos aceptaban cobardes la fatalidad de la locura, y alguno fantaseaba con las declaraciones que haría delante de una cámara, curiosa de miseria humana.

Fue en Avellaneda que Carlos decidió apiadarse de los nueve humanos que viajábamos en su vehículo, juntos por lo menos desde Plaza Irlanda,  y anunció con voz menos amenazante que triste:

– 19 de marzo, cumplo 38, nadie me saludó. Vivo acá nomás, en Wilde, tomamos unas cervezas, la torta y se van.

La fiesta no es nada del otro mundo, con solo una mujer y encima acaparada por la lástima del cumpleañero. La música sí, está buenísima.

Solo me da pena no haber traído un regalo.

Mundial de escritura – otro ejercicio

Desde luego que estaba nervioso, habría sido un robot si no lo hubiera estado. Primero, la espera, vendría o no, llegaría tarde, cancelaría por mensaje de texto. Cien posibilidades del desastre y una sola de la felicidad, que se concretó apenas tres minuto después de la hora acordada, con el timbre que interrumpir mi desesperación creciente.después, las palabras, medirlas con pie de rey, ni muy sosas, ni muy audaces, ni muy distantes, ni muy pretenciosas, ni muy imbéciles. Y los actos, las miradas suficientemente cercanas, le contacto de la piel en el momento preciso, la cena, los silencios milimetrados. Todo había ido bien, salvo algunos pequeños errores que no tuvieron grandes consecuencias. Estábamos por terminar el segundo plato, un carré de cerdo relleno al horno que me había salido más que decente, y se acercaba el tiempo dela concreción, todos los caminos de las palabras deberían llevar al beso y a la cama. Pero todos sabemos que estas cosas nunca están del todo dadas, es necesario caminar con pies suaves y seguros para no tropezar y echar a perder una noche que hasta hacía un instante venía siendo perfecta. Estaba eligiendo mis palabras cuando un ruido tremendo ensordeció el silencio del comedor.

  • ¿Qué fue eso? 

La pregunta la trajo una voz quebrada por el miedo, y me hizo tomar conciencia de que ese ruido no era fácilmente normalizable. Soledad se crispó al otro lado de la mesa, y mi reacción fue tomarle la mano.

  • No lo sé -improvisé-, parece algo de una cañería vieja.
  • Pues a mí me parece una bestia salvaje.
  • No, yo conozco mi vecino, es medio raro pero no como para describirlo así.
  • En serio te digo, Miguel -insistió ella-, ese rugido viene de un ser vivo.
  • ¿Te parece? -quise minimizar para retomar mi camino trazado-, no creo, debe de ser la televisión, o un disco.
  • No es la tele, te lo aseguro.

Soledad no dijo nada más, pero estaba claro que se había perdido la conexión que teníamos hasta entonces, y que si no hacía algo enseguida no la íbamos a recuperar.

  • ¿Querés que vaya a lo del vecino y que le pregunte? ¿Eso te tranquilizaría?
  • Ay, Manuel, si lo planteás así quedo yo como la loca.
  • No, ¿por qué? Hay algo que nos inquieta y le toco la puerta para saber si está todo bien.  
  • ¿Y si no está todo bien, Manuel? ¿Y si la bestia atacó a tu vecino y lo descuartizó?
  • Bueno, no te des manija.
  • ¿Y si es una especie de loco híbrido, entre humano y canino, que le destrozó el cuello y el grito fue del placer que le da matar?
  • Sole, se te está yendo la flapa, pará un poco.
  • Es perfectamente posible, ¿no ves películas, vos?
  • Claro que veo películas, ¡pero no las traspaso a la realidad! 

En ese momento, el ruido se repitió. Venía claramente del muro que separaba mi piso con el del vecino del 4to C, un pibe de unos veinticinco, que siempre andaba metido con estupideces del tipo las pirámides, ovnis y el tercer Reich. Apenas hablamos cruzado unas palabras en el tiempo que llevaba en el edificio, pero el segundo gruñido me estremeció y sin saber por qué, tema por su seguridad. No me dio tiempo a decidir nada, porque un tercer gruñido estremecedor sonó entre Soledad y yo. Solo pude mirarla unos segundos, y vi reflejado en su pánico el mío, durante unos segundos. 

Después, una mano fortísima golpeó cuatro veces la puerta de casa.

mundial de escritura -ejercicio

Delante de la máquina de escribir Underwood, Felipe hace repiquetear los dedos sobre las teclas de nácar. No puede avanzar más allá del titulo Una mañana de terror. Es un género ciertamente ajeno a sus costumbres de escritor y mucho más de las de lector. Está fuera de su comprensión cómo alguien en su sano juicio puede interesarse por algo que le haga pasar miedo. Y hay legiones de estos seres bizarros, que mueren por un truco previsible o una imagen terrorífica que los haga gritar. Escribe, como si alguien lo guiara:

Marcello crucificado en la puerta de entrada.

Cierra los ojos, instintivamente, y piensa en Dalmiro Saenz. Marcello no es un nombre al azar, es el de su gato, que lo acompaña discretamente desde hace cinco años, y que homenajea al Gran Marcello, Mastroianni.  Marcello es un gato persa que mientras Felipe escribe le roza de vez en cuando la pantorrilla, y que no está clavado contra la puerta de madera, ecce gatus de entrecana salido de la mente perturbada de alguien.

Tan sinuosa como Marcello, Sandra se le acerca por la espalda. No suele espiar cuando Felipe escribe, pero esa mañana tiene necesidad de que la acompañe al centro comercial de Glòries, y la única manera que tiene de s sacarlo de su encierro es molestarlo. Con insistencia.

  • ¿Qué es eso? -pregunta Sandra.

Felipe, sobresaltado, da un respingo en el sillon negro de poli piel, y se lleva la mano al pecho.

  • ¡Me asustaste!
  • Perdoname, no fue mi intención. ¿Qué es eso que escribiste?
  • ¿Qué cosa?
  • Eso, Marcello crucificado y blablabla.
  • Ah, eso, nada, una pavada.
  • Me parece asqueroso, la verdad.
  • Sí, a mí también.
  • ¿De dónde lo sacaste? Estás mal de lo tuyo.
  • No, no es mío. Es una consigna. 

Es como si le hubiera hablado en griego antiguo. Sandra no dice nada y él se siente obligado a continuar la explicación.

  • Una idea de una escritora ecuatoriana. 
  • ¿Y de dónde conoces vos una escritora ecuatoriana?
  • No, de ningún lado, Sandri, es un ejercicio de escritura, hay que escribir algo de terro y esa es la consigna.
  • Una porquería de consigna.
  • Y, sí, pero ¿qué querés que le haga?
  • No sé, pero eso es digno de una mente enferma. Además vos odiás el terror, Stephen King y todo eso. No entiendo Cómo te podes enganchar en algo así.
  • Ya te lo dije.
  • El pobre Marcello, que es más bueno que el pan, no tiene la culpa de nada, mucho menos de los revires de una ecuatoriana.
  • Sí, es verdad. Pero es como un juego, nada más.
  • No estoy segura si deberías jugar a esto. Vos estás para cosas mejores, Felipe, vos tenés que escribir una novela, te lo vengo diciendo desde hace años, no estas pavadas atómicas que no te llevan a ninguna sitio. Vos tenés que ser, no sé, un Perez Reverte, un Paulo Coelho.
  • Ahora vos me estás contando un cuento de terror, amor, ¡por favor!
  • No, de verdad, para escribir sobre el pobre gato crucificado mejor vestirte y acompañarme a Glòries, que necesito comprarme un par de cosas.
  • ¿Y no podes ir vos sola?
  • No, amor, me aburro, sola. Dale, venite, no seas malo.

Felipe rezonga un segundo y se incorpora, feliz de que una excusa cualquiera lo liberara de la tortura del ejercicio. Sin embargo, no quiere que su chica se salga con la suya así nomás.

  • ¿Qué vas a comprar? Mirá que estamos a veinticinco de mes.
  • Nada, amor, un par de pavadas. 
  • ¿Segura? Cuidado con lo que hacés…

demasía

Siento una congoja desde hace algún tiempo en el pensamiento, y es de ver a amigos desentenderse por temas ideológicos. Amigos y amigas inteligentes, sensibles, que suelen estar dispuestos a dar una mano si se necesita, convencidos hasta el tuétano de que tienen que difundir  su idea en cada acción de sus días. Es imposible hablar con ellos de cualquier cosa sin que en algún momento salgan con el ataque necesario a los otros, los que no son del palo, los contrarios. Normalmente se quedan en la etiqueta descalificadora, o en la repetición de la consigna del momento, no suelen proponer una idea, o un argumento solido que respalde su posición. Coinciden en todo con los suyos, discrepan absolutamente con los otros, sin dejar ni un resquicio a la duda, al terreno en común, al diálogo. Sus sesos, tal vez nuestros sesos, han sido sorbidos por una clase dirigente que ciertamente no los representa y a los que no le interesan lo más mínimo. Dibujan equivocadamente la linea divisoria vertical, separándose de sus pares, cuando deberían ponerla horizontal, para alejarse de los que viven en la planta noble, los dirigentes. Sus iguales son aquellos de los que se sienten más alejados. Lastima el corazón verlos obedecer consignas, defender ciegamente corruptos, autoritarios, indecentes deudo y otro lado. Duele escucharlos asumir verdades frágiles, reivindicaciones estúpidas, con una intensidad digna de mejores causas, creerse ejercer la política cuando ni siquiera les queda la ideología, apenas una obediencia miope, una lealtad de un solo sentido. Una monarquía de cabotaje, un aroma de militarismo. 

Sucede en Argentina, pero también en España, y probablemente en muchos otros sitios, porque está sucediendo en nosotros: cada vez estamos menos dispuestos a escuchar una idea que cuestione nuestras certezas. No nos sentimos tan fuertes como para escuchar una opinión divergente de la nuestra y asumirla, y responderla desde nuestra subjetividad, prescindiendo del proselitismo. Me gustaría hacerles saber que entenderse es tan sencillo como abrir los ojos.  Nos han cercenado la posibilidad de dialogar con frases, etiquetas y prejuicios. Tendremos que ser capaces de liberarnos de las verdaderas cadenas y encontrarnos. Ese es el único secreto, ser capaces de encontrarnos, a nosotros, entre nosotros.

Arbol encarcelado

un árbol en prision

En el fabuloso pueblo de Villiers sur Marne, territorio de la República Francesa, hay un árbol encarcelado. Un error del viento, o el destino, o el karma llevaron a una semilla por el aire hasta el fondo de un pozo del sistema de aguas, donde se posó y curiosamente encontró suelo fértil, y encontró la humedad necesaria, y un día brotó. Y fue creciendo lento, con las migajas de luz que le llegaban hasta el fondo de ese hueco medio olvidado, un metro y medio por debajo del asfalto, y con las lluvias, y con el tiempo y el instinto de subir y subir por alcanzar el cielo. Pero el pozo está en medio de un paseo, de nombre Paul Cézanne, y está cubierto por una reja de hierro forjado sólida, recia, que apenas le deja los resquicios de su dibujo para brindarse agua, aire y luz. Y en su camino hacia el sol el arbolito encontró en el metal su límite. Y ahi esperan sus ramitas flacas agazapadas en invierno, esperando tiempos mejores. Y por ahí asoman las hojas del verano, por entre los espacios que deja el hierro, como cien dedos que quieren escaparse de su cárcel vertical, y conseguir una libertad que ni a él ni ninguno de sus congéneres les está dada, troncos quietos enraizados a un punto preciso del planeta, sin piernas ni posibilidad de desplazarse.

O tal vez la libertad sea poder hacer aquello que tenemos que hacer.