Mundial de escritura – otro ejercicio

Desde luego que estaba nervioso, habría sido un robot si no lo hubiera estado. Primero, la espera, vendría o no, llegaría tarde, cancelaría por mensaje de texto. Cien posibilidades del desastre y una sola de la felicidad, que se concretó apenas tres minuto después de la hora acordada, con el timbre que interrumpir mi desesperación creciente.después, las palabras, medirlas con pie de rey, ni muy sosas, ni muy audaces, ni muy distantes, ni muy pretenciosas, ni muy imbéciles. Y los actos, las miradas suficientemente cercanas, le contacto de la piel en el momento preciso, la cena, los silencios milimetrados. Todo había ido bien, salvo algunos pequeños errores que no tuvieron grandes consecuencias. Estábamos por terminar el segundo plato, un carré de cerdo relleno al horno que me había salido más que decente, y se acercaba el tiempo dela concreción, todos los caminos de las palabras deberían llevar al beso y a la cama. Pero todos sabemos que estas cosas nunca están del todo dadas, es necesario caminar con pies suaves y seguros para no tropezar y echar a perder una noche que hasta hacía un instante venía siendo perfecta. Estaba eligiendo mis palabras cuando un ruido tremendo ensordeció el silencio del comedor.

  • ¿Qué fue eso? 

La pregunta la trajo una voz quebrada por el miedo, y me hizo tomar conciencia de que ese ruido no era fácilmente normalizable. Soledad se crispó al otro lado de la mesa, y mi reacción fue tomarle la mano.

  • No lo sé -improvisé-, parece algo de una cañería vieja.
  • Pues a mí me parece una bestia salvaje.
  • No, yo conozco mi vecino, es medio raro pero no como para describirlo así.
  • En serio te digo, Miguel -insistió ella-, ese rugido viene de un ser vivo.
  • ¿Te parece? -quise minimizar para retomar mi camino trazado-, no creo, debe de ser la televisión, o un disco.
  • No es la tele, te lo aseguro.

Soledad no dijo nada más, pero estaba claro que se había perdido la conexión que teníamos hasta entonces, y que si no hacía algo enseguida no la íbamos a recuperar.

  • ¿Querés que vaya a lo del vecino y que le pregunte? ¿Eso te tranquilizaría?
  • Ay, Manuel, si lo planteás así quedo yo como la loca.
  • No, ¿por qué? Hay algo que nos inquieta y le toco la puerta para saber si está todo bien.  
  • ¿Y si no está todo bien, Manuel? ¿Y si la bestia atacó a tu vecino y lo descuartizó?
  • Bueno, no te des manija.
  • ¿Y si es una especie de loco híbrido, entre humano y canino, que le destrozó el cuello y el grito fue del placer que le da matar?
  • Sole, se te está yendo la flapa, pará un poco.
  • Es perfectamente posible, ¿no ves películas, vos?
  • Claro que veo películas, ¡pero no las traspaso a la realidad! 

En ese momento, el ruido se repitió. Venía claramente del muro que separaba mi piso con el del vecino del 4to C, un pibe de unos veinticinco, que siempre andaba metido con estupideces del tipo las pirámides, ovnis y el tercer Reich. Apenas hablamos cruzado unas palabras en el tiempo que llevaba en el edificio, pero el segundo gruñido me estremeció y sin saber por qué, tema por su seguridad. No me dio tiempo a decidir nada, porque un tercer gruñido estremecedor sonó entre Soledad y yo. Solo pude mirarla unos segundos, y vi reflejado en su pánico el mío, durante unos segundos. 

Después, una mano fortísima golpeó cuatro veces la puerta de casa.