chofer, la puerta

Ahora, con el alcohol, las drogas y las luces de colores, todo me parece normal, pero hubo un tiempo en el que no fue así. Y transcurrió hace apenas un par de horas. Otra época, completamente distinta. En realidad, yo no debería estar acá, mirando cómo mi pie izquierdo salta al ritmo de Mil horas, nada menos que Los abuelos de la nada, tantos años después de mi adolescencia perdida, de nuevo. Y lo cierto es que mi cabeza apenas puede controlarlo: el pie se mueve al ritmo del rock de mi época y el cuerpo pide marcha, pero tengo que hacer un esfuerzo de mantener esta última resistencia de la cordura. No debería estar acá en Wilde, sino en Almagro, en casa de Matilde, que debe de estar preocupada a estas alturas, pero no puedo llamarla desde este ambiente de jolgorio, va a pensar cualquier cosa, ni tampoco salir a llamarla, si los enganchados de los ochenta me inmovilizan inquieto al salon: Virus, Soda; ¿cuánto hace que no los escucho? Me tienen atado, no puedo dejar de escucharlos. Y Carlos está feliz, me ofrece canapés y bebida a cada rato. Una prueba fehaciente de que la primera impresión no siempre es la que queda. Si lo hubieran visto dos horas atrás, tan circunspecto, tan decidido. Tan temible, también, por qué ocultarlo, porque el miedo fue no solo mi reacción, también fue la de los otros. Especialmente la de Celina, una maestra que iba en el segundo asiento de la derecha, ventanilla. Fue su alarma lo que nos puso en guardia. Apenas el colectivo pasó Díaz Vélez hizo sonar un timbrazo largo y enojado, probablemente cansada de la jornada y con los pies deseando sumergirse en agua tibia, con solo un poco de sal. Enseguida vino otro, y el grito de reclamo.

– ¡Chofer, la puerta! 

La primera de las solidaridades no fue la mía, y demoró algunos segundos en aparecer. Al cabo de un minuto y tres cuadras, la queja era generalizada. Todos increpábamos al chofer, que conducía indiferente al motín que se formaba en su colectivo . Ya decididamente fuera de la ruta del 124, Carlos -todavía no era Carlos para nosotros- tomó por la agenda Belgrano, el camino era decididamente hacia el sur.

A la altura de Entre Ríos el conato de Botín recrudeció. Las palabras fueron amenaza, pero nadie sobrepasaba el límite del primer asiento, que cómo un Rubicón sin puentes marcaba la frontera entre la extrañeza y la realidad. Entre el discurso y la violencia, sea quien fuera el que estuviera dispuesto a ejercerla. Entre lo posible y lo irremediable.

– ¿Va a parar este colectivo no este chabón nos lleva a su casa?

Hubo un par de risas, todavía.

Al cruzar el Riachuelo, todos aceptaban cobardes la fatalidad de la locura, y alguno fantaseaba con las declaraciones que haría delante de una cámara, curiosa de miseria humana.

Fue en Avellaneda que Carlos decidió apiadarse de los nueve humanos que viajábamos en su vehículo, juntos por lo menos desde Plaza Irlanda,  y anunció con voz menos amenazante que triste:

– 19 de marzo, cumplo 38, nadie me saludó. Vivo acá nomás, en Wilde, tomamos unas cervezas, la torta y se van.

La fiesta no es nada del otro mundo, con solo una mujer y encima acaparada por la lástima del cumpleañero. La música sí, está buenísima.

Solo me da pena no haber traído un regalo.

Mundial de escritura – otro ejercicio

Desde luego que estaba nervioso, habría sido un robot si no lo hubiera estado. Primero, la espera, vendría o no, llegaría tarde, cancelaría por mensaje de texto. Cien posibilidades del desastre y una sola de la felicidad, que se concretó apenas tres minuto después de la hora acordada, con el timbre que interrumpir mi desesperación creciente.después, las palabras, medirlas con pie de rey, ni muy sosas, ni muy audaces, ni muy distantes, ni muy pretenciosas, ni muy imbéciles. Y los actos, las miradas suficientemente cercanas, le contacto de la piel en el momento preciso, la cena, los silencios milimetrados. Todo había ido bien, salvo algunos pequeños errores que no tuvieron grandes consecuencias. Estábamos por terminar el segundo plato, un carré de cerdo relleno al horno que me había salido más que decente, y se acercaba el tiempo dela concreción, todos los caminos de las palabras deberían llevar al beso y a la cama. Pero todos sabemos que estas cosas nunca están del todo dadas, es necesario caminar con pies suaves y seguros para no tropezar y echar a perder una noche que hasta hacía un instante venía siendo perfecta. Estaba eligiendo mis palabras cuando un ruido tremendo ensordeció el silencio del comedor.

  • ¿Qué fue eso? 

La pregunta la trajo una voz quebrada por el miedo, y me hizo tomar conciencia de que ese ruido no era fácilmente normalizable. Soledad se crispó al otro lado de la mesa, y mi reacción fue tomarle la mano.

  • No lo sé -improvisé-, parece algo de una cañería vieja.
  • Pues a mí me parece una bestia salvaje.
  • No, yo conozco mi vecino, es medio raro pero no como para describirlo así.
  • En serio te digo, Miguel -insistió ella-, ese rugido viene de un ser vivo.
  • ¿Te parece? -quise minimizar para retomar mi camino trazado-, no creo, debe de ser la televisión, o un disco.
  • No es la tele, te lo aseguro.

Soledad no dijo nada más, pero estaba claro que se había perdido la conexión que teníamos hasta entonces, y que si no hacía algo enseguida no la íbamos a recuperar.

  • ¿Querés que vaya a lo del vecino y que le pregunte? ¿Eso te tranquilizaría?
  • Ay, Manuel, si lo planteás así quedo yo como la loca.
  • No, ¿por qué? Hay algo que nos inquieta y le toco la puerta para saber si está todo bien.  
  • ¿Y si no está todo bien, Manuel? ¿Y si la bestia atacó a tu vecino y lo descuartizó?
  • Bueno, no te des manija.
  • ¿Y si es una especie de loco híbrido, entre humano y canino, que le destrozó el cuello y el grito fue del placer que le da matar?
  • Sole, se te está yendo la flapa, pará un poco.
  • Es perfectamente posible, ¿no ves películas, vos?
  • Claro que veo películas, ¡pero no las traspaso a la realidad! 

En ese momento, el ruido se repitió. Venía claramente del muro que separaba mi piso con el del vecino del 4to C, un pibe de unos veinticinco, que siempre andaba metido con estupideces del tipo las pirámides, ovnis y el tercer Reich. Apenas hablamos cruzado unas palabras en el tiempo que llevaba en el edificio, pero el segundo gruñido me estremeció y sin saber por qué, tema por su seguridad. No me dio tiempo a decidir nada, porque un tercer gruñido estremecedor sonó entre Soledad y yo. Solo pude mirarla unos segundos, y vi reflejado en su pánico el mío, durante unos segundos. 

Después, una mano fortísima golpeó cuatro veces la puerta de casa.

mundial de escritura -ejercicio

Delante de la máquina de escribir Underwood, Felipe hace repiquetear los dedos sobre las teclas de nácar. No puede avanzar más allá del titulo Una mañana de terror. Es un género ciertamente ajeno a sus costumbres de escritor y mucho más de las de lector. Está fuera de su comprensión cómo alguien en su sano juicio puede interesarse por algo que le haga pasar miedo. Y hay legiones de estos seres bizarros, que mueren por un truco previsible o una imagen terrorífica que los haga gritar. Escribe, como si alguien lo guiara:

Marcello crucificado en la puerta de entrada.

Cierra los ojos, instintivamente, y piensa en Dalmiro Saenz. Marcello no es un nombre al azar, es el de su gato, que lo acompaña discretamente desde hace cinco años, y que homenajea al Gran Marcello, Mastroianni.  Marcello es un gato persa que mientras Felipe escribe le roza de vez en cuando la pantorrilla, y que no está clavado contra la puerta de madera, ecce gatus de entrecana salido de la mente perturbada de alguien.

Tan sinuosa como Marcello, Sandra se le acerca por la espalda. No suele espiar cuando Felipe escribe, pero esa mañana tiene necesidad de que la acompañe al centro comercial de Glòries, y la única manera que tiene de s sacarlo de su encierro es molestarlo. Con insistencia.

  • ¿Qué es eso? -pregunta Sandra.

Felipe, sobresaltado, da un respingo en el sillon negro de poli piel, y se lleva la mano al pecho.

  • ¡Me asustaste!
  • Perdoname, no fue mi intención. ¿Qué es eso que escribiste?
  • ¿Qué cosa?
  • Eso, Marcello crucificado y blablabla.
  • Ah, eso, nada, una pavada.
  • Me parece asqueroso, la verdad.
  • Sí, a mí también.
  • ¿De dónde lo sacaste? Estás mal de lo tuyo.
  • No, no es mío. Es una consigna. 

Es como si le hubiera hablado en griego antiguo. Sandra no dice nada y él se siente obligado a continuar la explicación.

  • Una idea de una escritora ecuatoriana. 
  • ¿Y de dónde conoces vos una escritora ecuatoriana?
  • No, de ningún lado, Sandri, es un ejercicio de escritura, hay que escribir algo de terro y esa es la consigna.
  • Una porquería de consigna.
  • Y, sí, pero ¿qué querés que le haga?
  • No sé, pero eso es digno de una mente enferma. Además vos odiás el terror, Stephen King y todo eso. No entiendo Cómo te podes enganchar en algo así.
  • Ya te lo dije.
  • El pobre Marcello, que es más bueno que el pan, no tiene la culpa de nada, mucho menos de los revires de una ecuatoriana.
  • Sí, es verdad. Pero es como un juego, nada más.
  • No estoy segura si deberías jugar a esto. Vos estás para cosas mejores, Felipe, vos tenés que escribir una novela, te lo vengo diciendo desde hace años, no estas pavadas atómicas que no te llevan a ninguna sitio. Vos tenés que ser, no sé, un Perez Reverte, un Paulo Coelho.
  • Ahora vos me estás contando un cuento de terror, amor, ¡por favor!
  • No, de verdad, para escribir sobre el pobre gato crucificado mejor vestirte y acompañarme a Glòries, que necesito comprarme un par de cosas.
  • ¿Y no podes ir vos sola?
  • No, amor, me aburro, sola. Dale, venite, no seas malo.

Felipe rezonga un segundo y se incorpora, feliz de que una excusa cualquiera lo liberara de la tortura del ejercicio. Sin embargo, no quiere que su chica se salga con la suya así nomás.

  • ¿Qué vas a comprar? Mirá que estamos a veinticinco de mes.
  • Nada, amor, un par de pavadas. 
  • ¿Segura? Cuidado con lo que hacés…

demasía

Siento una congoja desde hace algún tiempo en el pensamiento, y es de ver a amigos desentenderse por temas ideológicos. Amigos y amigas inteligentes, sensibles, que suelen estar dispuestos a dar una mano si se necesita, convencidos hasta el tuétano de que tienen que difundir  su idea en cada acción de sus días. Es imposible hablar con ellos de cualquier cosa sin que en algún momento salgan con el ataque necesario a los otros, los que no son del palo, los contrarios. Normalmente se quedan en la etiqueta descalificadora, o en la repetición de la consigna del momento, no suelen proponer una idea, o un argumento solido que respalde su posición. Coinciden en todo con los suyos, discrepan absolutamente con los otros, sin dejar ni un resquicio a la duda, al terreno en común, al diálogo. Sus sesos, tal vez nuestros sesos, han sido sorbidos por una clase dirigente que ciertamente no los representa y a los que no le interesan lo más mínimo. Dibujan equivocadamente la linea divisoria vertical, separándose de sus pares, cuando deberían ponerla horizontal, para alejarse de los que viven en la planta noble, los dirigentes. Sus iguales son aquellos de los que se sienten más alejados. Lastima el corazón verlos obedecer consignas, defender ciegamente corruptos, autoritarios, indecentes deudo y otro lado. Duele escucharlos asumir verdades frágiles, reivindicaciones estúpidas, con una intensidad digna de mejores causas, creerse ejercer la política cuando ni siquiera les queda la ideología, apenas una obediencia miope, una lealtad de un solo sentido. Una monarquía de cabotaje, un aroma de militarismo. 

Sucede en Argentina, pero también en España, y probablemente en muchos otros sitios, porque está sucediendo en nosotros: cada vez estamos menos dispuestos a escuchar una idea que cuestione nuestras certezas. No nos sentimos tan fuertes como para escuchar una opinión divergente de la nuestra y asumirla, y responderla desde nuestra subjetividad, prescindiendo del proselitismo. Me gustaría hacerles saber que entenderse es tan sencillo como abrir los ojos.  Nos han cercenado la posibilidad de dialogar con frases, etiquetas y prejuicios. Tendremos que ser capaces de liberarnos de las verdaderas cadenas y encontrarnos. Ese es el único secreto, ser capaces de encontrarnos, a nosotros, entre nosotros.

Arbol encarcelado

un árbol en prision

En el fabuloso pueblo de Villiers sur Marne, territorio de la República Francesa, hay un árbol encarcelado. Un error del viento, o el destino, o el karma llevaron a una semilla por el aire hasta el fondo de un pozo del sistema de aguas, donde se posó y curiosamente encontró suelo fértil, y encontró la humedad necesaria, y un día brotó. Y fue creciendo lento, con las migajas de luz que le llegaban hasta el fondo de ese hueco medio olvidado, un metro y medio por debajo del asfalto, y con las lluvias, y con el tiempo y el instinto de subir y subir por alcanzar el cielo. Pero el pozo está en medio de un paseo, de nombre Paul Cézanne, y está cubierto por una reja de hierro forjado sólida, recia, que apenas le deja los resquicios de su dibujo para brindarse agua, aire y luz. Y en su camino hacia el sol el arbolito encontró en el metal su límite. Y ahi esperan sus ramitas flacas agazapadas en invierno, esperando tiempos mejores. Y por ahí asoman las hojas del verano, por entre los espacios que deja el hierro, como cien dedos que quieren escaparse de su cárcel vertical, y conseguir una libertad que ni a él ni ninguno de sus congéneres les está dada, troncos quietos enraizados a un punto preciso del planeta, sin piernas ni posibilidad de desplazarse.

O tal vez la libertad sea poder hacer aquello que tenemos que hacer.

Radio

Placeholder ImageEn tiempos en que los abrazos están desanudados, que los besos se soplan, que los paseos al sol se hacen con la mirada, conviene tener un lugar donde refugiarse de tanta distancia. 

La palabra es un camino dulce y complejo luminoso a recorrer, que tal vez nos lleve a encontrar ese refugio.  A través de ls palabras nuestra imaginación crea universos desencadenados, rincones de intimidad, viajes entre dos puntos inexistentes. Las palabras tienen el poder de la magia si están en buenas manos. Derriban imperios y construyen amores. Llegan al corazón menos dotado y consiguen transformarlo.

La música es lo contrario. Es la vibración de un corazón que llega a otro, sin tropiezos ni torpezas como el significado, la ortografía, la gramática. La música habla el idioma de quien la escucha. Tiene el poder de alegrarnos o entristecernos, guarda entre sus notas la memoria de lo que hemos vivido y olvidado. 

Son tan imprescindibles la musica como las palabras, para construir una vida humana con belleza y dignidad. De ese material está hecha esta radio, lit&jazz, a la que son bienvenidas, bienvenidos. 

escuchar

Les petits plaisirs de Laetitia​

IMG_5501Parfois on les perd de vue, pense Laetitia, qu’ils sont là, et surtout qu’ils pourraient ne pas y être. C’est une pensée de bon matin, entre des draps et des yeux fermés. Elle vient d’un rêve doux et se réveille doucement, et une partie de cette douceur vient dès la cuisine, avec l’arome du café qui est en train de se faire, ou encore mieux, que Louis est en train de faire. Un petit luxe, presque quotidien, un plaisir bien à la main, qu’il faut savourer. C’est vrai qu’elle n’aime pas se lever tôt, mais se reveiller de cette manière fait commencer un meilleur jour. L’odeur du café est une appel de son enfance, qui revient avec l’image de papa et ses mains fortes, en tenant la tasse dont il sort l’arôme confortable, mystérieux, interdit. L’air parfumé de café est encore chez elle, un endroit ou se  sentir rassurée. Laetitia, les yeux déjà ouverts, sort une jambe hors de la protection de la couette, pour vérifier si l’ambiant est hostile, café appart, ou peut être pour s’adapter coup par coup. Mais l’appartement est préparé pour la recevoir. Les rideaux sont courus, et la fenêtre lumineuse, l’air est tiède, la caléfaction est allumée depuis au moins une heure, et elle a une serviette au dessus. Louis a tout prévu. Mais, pourquoi? Ce n’est pas son anniversaire, nos plus leur. Laetitia regarde le calendrier avant d’aller à la cuisine, ou son petit ami grille le pain. Rien qu’elle puisse se rappeler. Sans armes, Laetitia, rentre à la cuisine tout en essayant de ne pas faire du bruit, mais est Louis qui la surprend en bougent ses bras vers arrière jusqu’à trouver la ceinture d’elle au dépourvu, et tourner son corps pour rester a cinq centimètres se ses lèvres, a cinq secondes de son baiser. Peut être est-il le plus universel des petits plaisirs de la vie, l’union matinale de ses lèvres et ceux de Louis. Peut être sa voix en disent ces mots, qui de temps en temps arrivent.

Rien au monde comme s’éveiller à côté de toi.

Le café est sur la table un quart plus tard, et le jeu aussi. Laetitia choisis le premier plaisir, connu par lui, comme une manière de lui remercier. S’éveiller à l’odeur de café. Louis répond, celui du mariage du bois et du feu. Elle dit, le ciel bleu sur la fenêtre, et lui, un soir d’été. D’été et de vendredi, ajoute-t-elle, au bord de la mer, demande lui, à la plage de Collioure. Les macarons de fraise d’elle, contre conduire sur la route avec le soleil au dos de lui, et plus tard les plaisirs plus éclectiques, le vin de Moselle, la symphonie du Nouveau Monde, le sushi, la cathédral de Chartres, les ciels de Sisley, la prochaine année, la guitare, jusqu’à Kundera, qui est un plaisir en commun. Tes gémissements les plus aigus, dit il, tes yeux, les plus fermés, dit elle. Le silence qui suive ne signifie pas qu’ils ont achevé les plaisirs, mais les mots. Elle pense à espionner dans la vie des autres à travers des lettres, mais ne le dit pas. Louis prenne la main de Laetitia, qui regarde l’horloge du mur, fait un petit calcul et pense pourquoi pas, il est aussi un plaisir, et parfois pas si fréquent qu’elle voudrait. 

     

Je suis Gilet Jaune

GJ 2018Para encarar el fenómeno de los chalecos amarillos en Francia -que a partir de este punto llamaré por su nombre original en francés, Gilets Jaunes-, es fundamental tener en cuenta la ideología y la pasión, en ambos casos para dejarlos de lado. La pasión -o la simpatía- para intentar una mirada objetiva sobre un movimiento inédito en la política moderna, una auto convocación de personas que utiliza como vehículo de comunicación una red social y que llega a hacer temblar un gobierno. La ideología, porque el fenómeno gilets jaunes simplemente carece de ella, más concretamente, ha renunciado a tenerla. 

A mediados de noviembre pasado, una convocatoria tímida realizada a través de facebook, y que apenas tuvo repercusión en los medios porque iban a cortar el boulevard Péripherique en Paris, y varias carreteras de Francia. El motivo era el alza de cerca de un euro en una tasa aplicada a los carburantes, una pequeñez. Se podía circunscribir el colectivo afectado al de los automovilistas.

Pero sucedio que la pequeñez fue la que rebalsó la paciencia de los nadies franceses. Con dieciocho meses en el gobierno, Emmanuel Macron y su equipo, gente con modos empresariales, fueron aplicando una serie de medidas de ajuste de dudosa repercusión en la economía de la mayoría de la gente: supresión del impuesto a la fortuna y de las ayudas al alquiler, así como una congelación de beneficios de los funcionarios son las más remarcables.

También una reforma de la empresa ferroviaria, la SNCF, que cuenta con uno de los gremios más batalladores y fuertes del país, que tuvo como respuesta una huelga de tres meses, al final de la cual nada cambió. El presidente fortalecía su figura, y la adornaba con apariciones diversas, camaleónicas, de las que tanto disfruta, ya abrazado a un rapero, ya dando el pésame a familiares de víctimas de un atentado, ya felicitando a las fuerzas del orden, aquí denominados con el eufemismo Guardianes de la paz. En cada ocasión, una cara, un tono, un discurso. Un Zelig moderno ocupaba la jefatura del Estado de uno de los motores del Europa. Siempre airoso.

Por eso no se esperaba que un aumento nimio en una tasa olvidada le trajera la revuelta que le trajo.

El Acto Uno de los gilets jaunes tuvo un discreto éxito, se marchó por el Périf, de hicieron “operaciones caracol” en rotondas del país, se establecieron acampadas. Nada que desvelara al emperador.

Pero el euro de diferencia en una tasa fue el que sobrepasó el limite de la paciencia de los franceses silenciosos. Alguna cuerda diferente sonó, y despertó a fuego lento la rabia de los nades, los que se suben a los trenes de la madrugada cada día del año, solo para entrar en el juego de la posibilidad de llegar a fin de mes sin pasar más de dos o tres días de matemáticas. Y para que sonara y se escuchara fue imprescindible el silencio sólido de palacio. 

El acto uno fue un jueves, y solo tuvo lugar en los medios porque iba apertura la circulación. El Acto Dos entró en Paris, los sueldos mínimos ocuparon las avenidas de los privilegiados, y se dieron a conocer. Sin nombres, sin portavoces, sin siglas. Con el único símbolo común de los chalecos amarillos, esos que nos ponemos para cambiar la rueda de un coche, cuando ya no se puede seguir adelante.

En este caso la rueda era Macron, Emmanuel, presidente de la Republica. El primer grito, que perduró en los siguientes Actos, fue Macron Dimisión, como un deseo general. Pero lo que pedían era respeto, un valor que se perdió en este inicio de quinquenio. Después, los pedidos tomaron forma: reinstalación del Impuesto a la Fortuna, incremento del salario mínimo, promover los contratos fijos, suba de las pensiones, vuelta a las ayudas al alquiler. Y aclaraban, a quien los escuchaba, que no eran ni un partido político ni, mucho menos un sindicato. 

No eran nada, y eso desorientaba de manera fenomenal a un gobierno que no sabía bien de donde le llegaban los golpes, a quién ofrecerle un puesto, a quién marear con palabras biensonantes. El presidente, ausente sin aviso, envío a su primer ministro Edouard Philippe a poner la cara, y hay que reconocer que lo hizo bien. Con la misma que había dicho un día antes que no iban a considerar las peticiones de los Gilets Jaunes, en la Asamblea escuchó improperios de todos los colores  e insinuó que en realidad, si se iban a poner así, suspendía la aplicación por seis meses.

Pero lo que pedían era respeto, y tomaron, todos, sin caras, sin nombres, los anuncios como una tomadura de pelo. Porque los Giles Jaunes son gente de toda Francia, de todas las edades, pero particularmente mayores de cuarenta, y votantes de todos las opciones políticas. Hubo una reunión con Edouard Philippe, pero como no permitieron grabarla en video el hombre que fue a Matignon, sede del Primer Ministro, salió cinco minutos después de haber entrado, tarde, dejando plantado al gobierno. Y volvieron el sábado siguiente, Acto Tres, y en este caso apareció la violencia, iniciada por la actuación policial, que reprimió con gases, palos y agua lo que era una marcha, caminar. Ardió Paris, y la semana que siguió el silencio del Jefe fue atronador. Ajustaron las medidas, siempre con la actuación de Philippe en el papel de emisario. Y tampoco. La gente de las rotondas no se movían, aunque el invierno llegara anticipado. Eran nadie Era todo el mundo. Por ese entonces, el 82 por ciento de la sociedad francesa simpatizaba, apoyaba o se sentía un Gilet Jaune. Pero Macron seguía sin reaccionar.

Fue necesario el Acto Cuatro, otra vez en Champs Elysées y en sábado, otra vez reprimido, otra vez violento, para que se anunciara un mensaje al país, grabado por la tarde y emitido por la noche del lunes.

Amenazó a los violentos, se quitó de encima posibles responsabilidades de la situación y anuncio unas medidas de espuma que no convencieron a nadie, o al menos no a la mayoría, porque seguía siendo necesario lo mismo: exigir respeto.

El azar y el desquicio religioso hizo que esa misma semana un ridiculizado atacara el Marché de Noël de Strasbourg, y asesinara a varias personas, hoy todavía hay hospitalizados que luchan por sus vidas. Eso quitó buena parte dela atención sobre el fenómeno Giles Jaunes, y sirvió de excusa a la mayoría de los partidos, los mismos que aprovechaban la situación para pegarle a Macron, para hacer un llamado a la cordura, ya la suspensión de los Actos, por respeto a las víctimas. Sin éxito, porque se convocó a un Acto Cinco, en los mismos lugares, para el sábado siguiente.

Durante más de un mes, los franceses fueron capaces de organizarse por fuera del sistema, y no solo expresarse y pedir lo que nadie estaba dispuesto a darles, sino también de bajar del pedestal en el que se creía un presidente demasiado personalista, y ceder.

La ultima convocatoria tuvo éxito, aunque los números disminuyeron, un poco por cansancio, un poco porque para algunos las medidas de Macron ya les iban bien, otro poco porque el año se termina y la casa tira.

El verdadero éxito de los Giles Jaunes fue organizarse, movilizar a una buena parte de la sociedad francesa, conseguir cambios, todos eso prescindiendo del ego, del nombre a quien sobornar, a quien convencer, a quien amenazar con un puesto en la lista, con un carguito.

Tal vez sea tiempo de parar la pelota, de adoptar un estado de latencia y observar. El presidente sabe que la gente no es muda, ni idiota, y que este ahí. Tal vez sea hora de darle una nueva forma al movimiento, y dejar la calle, sin dejar la atención. A ver qué hacen. A ver si se atreven. Una convocatoria en unas semanas o unos meses devolvería a los Giles Jaunes a las calles y las carreteras con fuerzas renovadas y con convicciones intactas. Pidiendo del gobierno lo que nunca van a negociar: respeto. 

 

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