Arbol encarcelado

un árbol en prision

En el fabuloso pueblo de Villiers sur Marne, territorio de la República Francesa, hay un árbol encarcelado. Un error del viento, o el destino, o el karma llevaron a una semilla por el aire hasta el fondo de un pozo del sistema de aguas, donde se posó y curiosamente encontró suelo fértil, y encontró la humedad necesaria, y un día brotó. Y fue creciendo lento, con las migajas de luz que le llegaban hasta el fondo de ese hueco medio olvidado, un metro y medio por debajo del asfalto, y con las lluvias, y con el tiempo y el instinto de subir y subir por alcanzar el cielo. Pero el pozo está en medio de un paseo, de nombre Paul Cézanne, y está cubierto por una reja de hierro forjado sólida, recia, que apenas le deja los resquicios de su dibujo para brindarse agua, aire y luz. Y en su camino hacia el sol el arbolito encontró en el metal su límite. Y ahi esperan sus ramitas flacas agazapadas en invierno, esperando tiempos mejores. Y por ahí asoman las hojas del verano, por entre los espacios que deja el hierro, como cien dedos que quieren escaparse de su cárcel vertical, y conseguir una libertad que ni a él ni ninguno de sus congéneres les está dada, troncos quietos enraizados a un punto preciso del planeta, sin piernas ni posibilidad de desplazarse.

O tal vez la libertad sea poder hacer aquello que tenemos que hacer.


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