Ficciones verdaderas

 

288602_158163314258723_8287276_o Permítaseme el homenaje del título al grande Tomas Eloy Martinez. Hace unos días un compañero me preguntó si me interesaba la política. Era en un ámbito medio raro en el que me hizo esa pregunta y, como suelo hacer, me di unos segundos de margen para preguntármelo antes de responder. Curioso, que a esta altura del partido no tenga clara una respuesta. O al menos una actualizada. Debo haber demorado un poco más de lo esperaba, porque mi compañero cubrió mi silencio concentrado con una pregunta más especifica: ¿escribís de política? Lo hizo en francés, pero lo adapto para un mejor entendimiento. Aquí la respuesta era clara: no, no suelo escribir de política, le dije, creo más en la ficción, es más verdadera. Una jugada hábil, un ingenioso juego de palabras que es lo que suelo hacer cuando la respuesta comienza a asomar en el poniente, y no me gusta. Mientras la iba escuchando, argumenté por fuera una defensa de la ficción como modo de expresar cualquier contradicción social, política o personal a través de las historias y diálogos de personajes con los pies de tinta plantados en la realidad. Me salió bastante bien, pero enseguida le dije la verdad. No escribo sobre política porque, en cualquiera de los dos países que me interesan de cerca, Argentina y Catalunya, hacerlo es correr el riesgo de perder amigos. Es horrendo, y es así. Tuve que ampliar mi respuesta, desde luego, ante la mirada incrédula del tipo. Para quienes estén al tanto de la actualidad de alguno de los dos países, el asunto es fácil de entender, pero para un argelino francés que va a España de vacaciones bienalmente y a Argentina la ubica con alguna dificultad en América del Sur, no es nada evidente. Y a veces puede ser útil saber de las miradas ajenas, para no perdernos en las idioteces propias.
En Argentina, le dije, la division ha llegado a un punto que hemos parido a la criatura y le hemos puesto en nombre de La Grieta, como para saber a qué nos referimos. Antes estaban los unos, ahora los otros. Lo que antes los unos toleraban y hasta defendían naciopopularmente, ahora lo condenan sin fisuras en los otros. Lo que antes los otros criticaban republicanamente, ahora lo ponen en práctica sin ponerse colorados. Es fácil saber lo que uno de los unos, y otro de los otros, van a opinar sobre un hecho determinado. Son previsibles hasta los estornudos de uno y otro bando. Son muy pocas las voces que no responden a una doctrina, que no siguen consignas y que piensan consigo mismos antes de hablar, y casi siempre terminan acusados, de acuerdo con a quien pudiera beneficiar su opinión. Desde luego, casi nunca son escuchadas. Una de las maneras más acabadas de la pereza mental, el maniqueísmo (que podrán encontrar a dos pasos de la religión, y a cuatro del fascismo), ha ganado casi todos los ámbitos de la sociedad, sin que esto le preocupe demasiado a nadie, cada quien ocupado en tener razón sobre el otro. Y viceversa.
A orillas del Mediterráneo, por su lado, sin llegar a esos extremos, vamos por el mismo camino. El hecho de tener una opinion sobre un tema que tenga alguna relación con el hecho verdadero de que una parte muy importante de la sociedad catalana piensa que su destino de pueblo debería de ser independiente del de España, alguien estará dispuesto (o dispuesta, sin duda) a odiarte. No importa si los argumentos, no importa si la experiencia, no importa si la monarquía, no importa si el idioma, ni la arbitrariedad, ni el desprecio centenario, ni las guerras ni la voluntad. Ciegos, soberbios, indecentes, mueven sus fichas, que somos nosotros, sin importarles demasiado que consecuencias traerán. Hablan sin pensar. Se ceden mutuamente la gentileza de tener la culpa de a lo que hemos llegado.
Diferencias salvadas entre los casos, lo cierto es que uno de los puntos en común es que los políticos, los que hacen la política, nos mienten y nos tratan como a niños. Y nosotros, encantados, nos dejamos tratar. El otro punto en común es terrible. La incertidumbre.
Ya sé que vendrán los amigos tardíos de Bertolt Brecht y otros citadores en serie, pero no me dicen nada estos Che Guevara de Facebook; no escribo de política porque la política es hoy una impostura, una ilusión de democracia que nos venden y que seguimos comprando, corderos detrás del pastor. Prefiero la verdad de la ficción.
A estas alturas, mi compañero miraba de reojo su móvil debajo de la mesa -mientras por cortesía iba asintiendo a espacios regulares-, a ver si Cavani le sacaba ventaja a Neymar Jr. para la temporada que viene. O si el sol va a dignarse a asomarse unas horas en los próximos meses.

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